En medio de aquel silencio aún en un alto susurro, uno de esos claros, podías escuchar esa femenina pero algo grave y rasgada voz, siempre elegante y respetuosa, transmitiendo seguridad y confianza. Aquella entonación de sabiduría y marcada profundidad, pausada pero sin pausa. Claridad, siempre claridad. Algún toque de ironía que hacía saltar sin falta una leve y casi vergonzosa sonrisa, aunque el casi dice mucho ya que tras un largo rato alguna carcajada ocupaba toda la estancia que por un segundo dejaba el silencio de lado. No nos regalaba muchos momentos así pero cuando su risa llegaba a nosotros era un momento, qué digo, un segundo perfecto, lleno de esa energía que sólo ella podía crear haciendo llenar cada rincón.
Era realmente tranquilizadora aunque la energía pudiese casi verse o tocarse alrededor de su cuerpo. Era como la felicidad encerrada en un recipiente bajo llave. Era elegancia por doquier, sus manos no se movían, bailaban y acariciaban al aire con dulzura, al igual que sus pies pisaban al suelo y a cada paso le pidieran perdón junto a un gesto de cariño, casi flotando por no dañarle.
Pero siempre se dijo, siempre se sospechó que la locura habitaba en ella, incluso ella lo temía y es que cada día, cada noche les veía, les temía e incluso hablaba de la muerte como si de su vieja amiga se tratase. Y no es por mal hablar, no es por romper su imagen, es porque incluso la más bella y perfecta flor tiene algún pétalo mal colocado.
El día de su muerte no sé cuántos lloraron, no sé cuántos lo celebraron pero lo que sí sé es que ella se fue, por fin, con una sonrisa eternamente grabada en su rostro y esta vez sin vergüenza ya que recordemos, se estaba reencontrando con su vieja amiga; la muerte.
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